viernes, 18 de junio de 2010

La flor más grande del mundo...




Gracias Maestro Saramago por todo lo que nos dió...

Sus palabras de bondad y lucidéz le harán falta al mundo...

Identidad...


La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació, ni la fecha en que vino al mundo.
La identidad de una persona consiste, simplemente, en ser, y el ser no puede ser negado...
Presentar un papel que diga cómo nos llamamos y dónde y cuándo nacimos, es tanto una obligación legal como una necesidad social. Nadie, verdaderamente, puede decir quién es, pero todos tenemos derecho de poder decir quiénes somos para los otros. Para eso sirven los papeles de identidad.
Negarle a alguien el derecho de ser reconocido socialmente es lo mismo que retirarlo de la sociedad humana. Tener un papel para mostrar cuando nos pregunten quiénes somos es el menor de los derechos humanos (porque la identidad social es un derecho primario) aunque es también el más importante (porque las leyes exigen que de ese papel dependa la inserción del individuo en la sociedad).
La ley está para servir y no para ser servida. Si alguien pide que su identidad sea reconocida documentalmente, la ley no puede hacer otra cosa que no sea registrar ese hecho y ratificarlo.
La ley abusará de su poder siempre que se comporte como si la persona que tiene delante no existe. Negar un documento es, de alguna forma, negar el derecho a la vida. Ningún ser humano es humanamente ilegal, y si, aún así, hay muchos que de hecho lo son y legalmente deberían serlo, ésos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza. Para los otros, para las víctimas de las persecuciones políticas o religiosas, para los acorralados por el hambre y la miseria, para quien todo le ha sido negado, negarles un papel que les identifique será la última de las humillaciones.
Ya hay demasiada humillación en el mundo, contra ella y a favor de la dignidad, papeles para todos, que ningún hombre o mujer sea excluido de la comunidad humana...

José Saramago.

El factor dios...



Por José Saramago

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados.Los hombres eran rebeldes.
En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo.
Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero.
En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras.

Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta.
En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.
El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado.
Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura.

Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar.
Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.
Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana.
Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real.
A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.

Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.
Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente Links sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia.

Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella.
No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones.
Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

José Saramago

Comunicar...


por José Saramago

Un gran filósofo español del siglo XIX, Francisco de Goya, más conocido como pintor, escribió un día: "El sueño de la razón engendra monstruos". En el momento en que explotan las tecnologías de la comunicación, podemos preguntarnos si no están engendrando ante nuestros ojos monstruos de un nuevo tipo. Por cierto, estas nuevas tecnologías son ellas mismas fruto de la reflexión, de la razón. Pero ¿se trata de una razón despierta? ¿En el verdadero sentido de la palabra "despierta", es decir atenta, vigilante, crítica, obstinadamente crítica? ¿O de una razón somnolienta, adormecida, que en el momento de inventar, de crear, de imaginar, se descarrila y crea, imagina efectivamente monstruos?
A fines del siglo XIX, cuando el ferrocarril se impuso como un beneficio en materia de comunicación, algunos espíritus apesadumbrados no dudaron en afirmar que esta máquina era terrorífica y que en los túneles la gente moriría asfixiada. Sostenían que a una velocidad superior a 50 kilómetros por hora la sangre saltaría por la nariz y las orejas y que los viajeros morirían en medio de horribles convulsiones. Son los apocalípticos, los pesimistas profesionales. Dudan siempre de los progresos de la razón, que según estos oscurantistas, no puede producir nada bueno. A pesar de que se equivocan en lo esencial, debemos admitir que los progresos suelen ser buenos y malos. Al mismo tiempo.
Internet es una tecnología que en sí no es ni buena ni mala. Sólo el uso que de ella se haga nos guiará para juzgarla. Y por esto es que la razón, hoy más que nunca, no puede dormirse. Si una persona recibiera en su casa, cada día, quinientos periódicos del mundo entero y si esto se supiera, probablemente diríamos que está loca. Y sería cierto. Porque, ¿quién, sino un loco, puede proponerse leer quinientos periódicos por día? Algunos olvidan esta evidencia cuando bullen de satisfacción al anunciarnos que de ahora en más gracias a la revolución digital, podemos recibir quinientos canales de televisión. El feliz abonado a los quinientos canales será inevitablemente presa de una impaciencia febril, que ninguna imagen podrá saciar. Se perderá sin límite de tiempo en el laberinto vertiginoso de un zapping permanente. Consumirá imágenes, pero no se informará.
Se dice a veces que una imagen vale más que mil palabras. Es falso. Las imágenes necesitan muy a menudo de un texto explicativo. Aunque más no sea para hacernos reflexionar sobre el sentido mismo de algunas imágenes, de las cuales la televisión se nutre hasta el paroxismo. Esto pudo constatarse hace unos años, por ejemplo, durante la última etapa del Tour de Francia, cuando en el sprint final de los Campos Eliseos asistimos en directo a la espectacular caída de Abdujaparov. Vimos esta escena como hubiéramos visto, en una calle, una persona embestida por un auto. Con la diferencia de que el auto hubiera embestido a la persona solo una vez. En la televisión, pudimos ver y volver a ver treinta veces la caída accidental de Abdujaparov. Gracias a las miles de nuevas posibilidades de la técnica: con zoom, sin zoom, en picada, en contrapicada, bajo un ángulo, bajo el ángulo opuesto, en travelling, de frente, de perfil... Y también, interminablemente, en cámara lenta.
Con cada repetición, aprendíamos más sobre las circunstancias de la caída. Pero, cada vez, nuestra sensibilidad se mitigaba un poco más. Poco a poco, volvíamos a ver esta caída con la distancia de un cinéfilo que diseca una secuencia de una película de acción. Las repeticiones habían terminado matando nuestra emoción.
Se nos dice que gracias a las nuevas tecnologías, en lo sucesivo alcanzamos las orillas de la comunicación total. La expresión es engañosa, permite creer que la totalidad de los seres humanos del planeta puede ahora comunicarse. Lamentablemente, no es cierto. Apenas el 3% de la población del globo tiene acceso a una computadora; y los que utilizan Internet son aún menos numerosos. La inmensa mayoría de nuestros hermanos humanos ignora incluso la existencia de estas nuevas tecnologías. Hasta ahora no disponen todavía de las conquistas elementales de la vieja revolución industrial: agua potable, electricidad, escuela, hospital, rutas, ferrocarril, heladera, auto, etc. Si no se hace nada, la actual revolución de la información los ignorará de la misma manera.
La información nos vuelve más eruditos o sabios solo si nos acerca a los hombres. Pero con la posibilidad de acceder de lejos a todos los documentos que necesitamos, el riesgo de deshumanización aumenta. Y de ignorancia.
De ahora en más, la llave de la cultura no reside en la experiencia y el saber, sino en la aptitud para buscar información a través de los múltiples canales y depósitos que ofrece Internet. Se puede ignorar al mundo, no saber en qué universo social, económico y político se vive, y disponer de toda la información posible. La comunicación deja así de ser una forma de comunión. ¿Cómo no lamentar el fin de la comunicación real, directa, de persona a persona?
Con obsesión, vemos concretarse el escenario de pesadilla anunciado por la ciencia ficción: cada uno encerrado en su departamento, aislado de todos y de todo, en la soledad más horrible, pero conectado a Internet y en comunicación con todo el planeta. El fin del mundo material, de la experiencia, del contacto concreto, carnal... La disolución de los cuerpos.
Poco a poco, nos sentimos atrapados por la realidad virtual. A pesar de lo que se pretende, es vieja como el mundo, como nuestros sueños. Y nuestros sueños nos han conducido a universos virtuales extraordinarios, fascinantes, a continentes nuevos, desconocidos, donde hemos vivido experiencias excepcionales, aventuras, amores, peligros. Y a veces también pesadillas. Contra los cuales nos previno Goya. Sin que esto signifique que haya que contener la imaginación, la creación y la invención. Porque esto se paga siempre muy caro.
Es más bien una cuestión de ética. ¿Cuál es la ética de los que como Bill Gates y Microsoft, quieren ganar la batalla de las nuevas tecnologías a toda costa, para sacar el máximo provecho personal? ¿Cuál es la ética de los raiders y de los golden boys que especulan en la Bolsa sirviéndose de los avances de las tecnologías de la comunicación para arruinar a los Estados o quebrar cientos de empresas en el mundo? ¿Cuál es la ética de los generales del Pentágono, que aprovechando los progresos de las imágenes programan con más eficacia sus misiles Tomahawk para sembrar la muerte?
Impresionados, intimidados por el discurso modernista y tecnicista, la mayoría de los ciudadanos capitulan. Aceptan adaptarse al nuevo mundo que se nos anuncia como inevitable. Ya no hacen nada para oponerse. Son pasivos, inertes, hasta cómplices. Dan la impresión de haber renunciado. Renunciado a sus derechos y a sus deberes. En particular, su deber de protestar, de sublevarse, de rebelarse. Como si la explotación hubiera desaparecido y la manipulación de los espíritus hubiera sido desterrada. Como si el mundo fuera gobernado por necios y como si de repente la comunicación hubiese devenido un asunto de ángeles...

José Saramago

sábado, 5 de junio de 2010

Pan y canela...

A ver si se acaban todos los problemas...

Un sentimiento intemporal...


Hay ternuras de todas clases.
Todas, menos las ternuras postizas e hipócritas, son válidas. Un niño describió la ternura como una luz y un calor que permanece en nuestro corazón aunque afuera esté lloviendo. Por ello, la ternura infantil es la más entrañable, pero en la mirada de una madre alcanza la ternura su expresión suprema porque jamás en la vida encontraremos ternura mejor, más profunda, más desinteresada, ni más verdadera que la de una madre. Nunca agradecemos lo suficiente a las madres y abuelas del mundo, por mantener algo de ternura y sensatez en nuestras infancias, en nuestros juegos y en nuestra existencia a lo largo de la historia.
Y la ternura entre los amantes,es el reposo de la pasión, eso que convierte la existencia de la otra persona en una segunda piel. Por ello, cuando se expresa la ternura, se expresa en plural. El escritor de la ternura, Jacques Salomé, cree que la ternura no es un estado permanente, sino un descubrimiento perpetuo que cada uno de nosotros podemos hacer, no a través de la fragilidad de las apariencias o la rutina de la
s costumbres, sino en una vivencia consciente y completa del presente. La ternura no nace de lo imposible, sino que engendra vitalmente lo posible.
Y nada es pequeño para la ternura. Aquellos que esperan las grandes ocasiones para probar su ternura, no saben amar. Si por el sufrimiento se alcanza la grandeza,es por la ternura que se descubren los grandes amores.
Ternura es una palabra o un silencio convertido en ofrenda para quien sabe sentirla con sinceridad y recibirla con confianza. Saber escuchar con tolerancia es otra de las mejores manifestaciones de la ternura. Una risa sin fronteras, un ligero roce y una caricia que hace temblar el suelo bajo nuestros pies,son reflejos de la ternura.
La ternura corrige nuestra prosaica visión de la vida. Cuando la muerte, la gran reconciliadora, llega a nosotros, nunca nos arrepentimos de nuestra ternura, sino de nuestra severidad. Nadie puede llamarse feliz hasta que haya aprendido a cultivar la alegría, la estima, la ternura y la buena voluntad hasta el punto de hallarse determinado a ser feliz todos los días, haciendo felices a los otros.
Todos buscamos ternura natural y sincera de forma desesperada.Porque la ternura no pide nada, no espera nada, se basta a sí misma. Jamás hay que prestar la ternura; hay que obsequiarla porque la ternura es un delicioso y trascendental sentimiento, protagonista primordial de la afectividad humana.
Porque los sentimientos no son intemporales, sino que tienen historia. Son híbridos de naturaleza y cultura. Las situaciones sociales, las creencias, las modas van modificándolos. Así ha sucedido con los sentimientos familiares o con los sentimientos hacia la naturaleza o hacia los extranjeros. La compasión ha sido elogiada y denostada, y lo mismo sucede con el sentimiento patriótico.
Pues bien, la ternura nunca a alterado su condición emotiva,y muchas veces,ha provocado un cambio profundo en las relaciones humanas. Y es que todas las emociones tienen un mismo esquema. Un desencadenante las provoca, y ellas, a su vez, provocan consecuencias. En el miedo, el desenc
adenante es la detección de un peligro, verdadero o falso, y las consecuencias pueden ser cuatro: huida, ataque, inmovilidad, sumisión.

En la ternura, el desencadenante es un ser animado –un bebé o un cachorro, por ejemplo cuya pequeñez o vulnerabilidad conmueve, “emociona dulcemente” decían los diccionarios antiguos, despertando en nosotros una atención risueña y un deseo de acogerlo, cuidarlo, acariciarlo. Walt Disney utilizó en sus dibujos –recuerden al pequeño Bambi– los rasgos gráficos que desencadenan este sentimiento: formas pequeñas, redondeadas, ojos muy grandes, una cierta torpeza en los movimientos. No sentimos ternura ni por las cosas ni por los vegetales, a no ser que proyectemos en ellos algún rasgo personal. Ni tampoco por las personas hostiles, autosuficientes o arrogantes.

El miedo y la ternura son incompatibles. Tam
bién es incompatible con la prisa, que nos vuelve a todos impacientes y violentos.La ternura se llama así porque enternece, vuelve tiernas, blandas y flexibles nuestras barreras defensivas, los blindajes psicológicos se derriten, como dice expresivamente el lenguaje. Por eso, lo contrario de este sentimiento es la insensibilidad, la dureza de corazón.
El endurecimiento es un déficit de ternura. Pero también puede haber un exceso que raya en la impostura y la hipocresía,y que se convierte entonces en ternurismo y sensiblería. Hundida en ese almíbar, la realidad se vuelve empalagosa y molesta. Todos los sentimientos, incluso el amor, pueden ser inteligentes o estúpidos, y la ternura no se libra de esta dura posibilidad. Por eso es imprescindible una educación emocional.
Lo que introduce reciedumbre en la ternura es su relación con el cuidado, que es una relación real, exigente y costosa. Sin ese anclaje en la acción, sin su capacidad para soportar los trabajos del cuidado, la ternura no es más que un estremecimiento superficial, una emoción algodonosa y, con frecuencia, tramposa.


En fin,que sobrevivimos gracias a la ternura, que es un sentimiento maternal. Incluso sabemos que está relacionada con una hormona especial –la oxitocina– cuyos niveles aumentan, por ejemplo, en el momento de la lactancia.Los pediatras saben que en el origen de muchos trastornos infantiles hay un déficit de ternura, y saben que las dermatitis rebeldes que sufren los bebés dan porque no son acariciados. Parece que hasta la piel necesita ser cálidamente acogida para desarrollarse bien.
Pero la ternura no se detiene en el ámbito maternal, inicia una expansión, una colonización de otros territorios. Se amplía, en primer lugar a los padres, que en todas las sociedades conocidas suelen sentirse enternecidos por sus bebés, y después a los humanos con una sensibilidad no degradada. Todos nos sentimos dulcificados, aunque sea momentáneamente, por la presencia de un bebé. Es, posiblemente, una protección que la naturaleza concede a un ser tan indefenso, una especie de ángel de la guarda biológico.
Por eso nos resultan tan inhumanos, tan repugnantes, tan contrarios a las más profundas raíces biológicas y morales, los asesinatos de niños pequeños que abundan en México,por ejemplo. Estos hechos nos advierten de que el odio elimina todo sentimiento de cuidado. Y que es muy fácil inducir el odio culturalmente. La cultura, que nos humaniza, también puede deshumanizarnos,y hacernos indiferentes a la muerte de los niños.

El carácter expansivo de la ternura también se transfiere a las relaciones sexuales, por el influjo femenino. El sexo puede ser brusco, pero rodearlo de ternura es una operación transfiguradora. Supone un salto cualitativo en nuestras relaciones. Los enamorados se aniñan de alguna manera, experimentan una deliciosa regresión infantil-a la pureza- sin dejar de ser adultos, porque la ternura se dirige a lo pequeño, y para disfrutar de ella hay que empequeñecerse un poco. Por qué, si no, utilizan tantos diminutivos para hablarse? Las caricias y los besos forman parte de esta estrategia.La pérdida de ternura es la causa del fracaso de pareja. Es como si los enamorados envejecieran de repente: se vuelven adultos amargos,y se endurecen los sistemas de autodefensa, surgen relaciones de poder, y al herirse,mentirse y manipularse uno al otro,matan la ternura. Es muy difícil sentir ternura y ejercer comportamientos de cuidado sutil con quien se muestra exigente,mentiroso o manipulador. Se fijan los roles, como el del embustero-astucia y dureza- y la engañada-tontería,debilidad-..Y en ese abismo que se ahonda la ternura muere... Y nace la culpa.

Por ello,la sociedad,cada dia más vulnerable, necesita de ternura. Una gran superexpansión de ternura, lograría un gran cambio. Sin duda, el mundo necesita la justicia como nivel básico e imprescindible de la convivencia. Pero la justicia puede ser estricta y fría. Para completarla, deberíamos instaurar una cultura del cuidado, impulsada y dirigida por una ternura inteligente. Necesitamos una maternalización de la sociedad, algo que nos hiciera recordar para bien nuestra pequeñez e indefensión. Hanna Arendt consideraba que su maestro –y amante– Heidegger se equivocaba al decir que la angustia ante la muerte era el sentimiento básico. Para ella, era la ternura ante el nacimiento lo que nos hacía humanos...

Ternura...


“Hay que aprender a endurecerse, pero sin perder la ternura” Ernesto Che Guevara



En estos tiempos, la ternura ha sido aplastada por la rutina diaria y el consumismo y se ha dejado de practicar y sentir entre los mas jovenes, para simular ser muy "duros".
Solo muy pocos luchan contra la enajenación capitalista y tratan a diario de reverdecer la ternura, ese sentimiento que nos hace valientes y aguerridos idealistas y sinceros poet
as, al igual que aquel guerrillero legendario, que durante el día combatía con la ferocidad de un león y por la noche escribía cartas de amor a su esposa.

Y es que desde que somos tiernos niños se nos prepara para la batalla, para competir, para se mejores, para lograr los mejores puestos de trabajo, los mejores salarios….en fin,de que parece que se nos ha sido formado y entrenado para una competencia feroz y amarga,donde el egoismo y el cinismo son las más lacerantes armas.

Ser más rapidos, más fuertes, más altos, más abusivos,mas desleales,mas mentirosos….esconder nuestros sentimientos, no mostrar en publico lo que pensamos, permanecer con el rictus de piedra ante las adversidades, ponernos nuestro mejor traje cuando las cosas vayan mal.pero, somos de verdad así?

Qué pasaría si un día vieramos crecer enredaderas y sonrisas donde antes so
lo había muros grises y rictus grandilocuentes y serios...?
Si la sociedad no perdiera la ternura y siguiera el consejo del Che, que si que endureció su carácter, pero nunca perdió la ternura,tal vez podríamos ver nuevamente el brillo en la mirada de miles de personas que necesitan una sonrisa y una flor para recobrar sus ganas de vivir...


La ternura es un sentimien to puro,que nos retorna a la inocencia primera,pues las emociones que genera aniña a los adultos enamorados, nos lleva a acariciar y mimar a nuestros pequeños niños y ancianos y provoca sensaciones de derretimiento y alegría. La ternura en acción se convierte en cuidado, y eso es lo que necesita el mundo, extender la ternura, algo que nos recuerde nuestra pequeñez e indefensión.
Elegir libremente usar la ternura en su vida diaria como motor,y como comportamiento,nos hace mejores personas y más vivible la vida. La ternura en la mirada de los rivales, escribir con ternura, bailar con ternura,sonreir con ternura y hablar con ternura,en fin, las diversas interacciones de la ternura: la ideología de la bondad,los sueños dulces,la tierna libertad,los tiernos viajes, tiernos abrazos,las verduritas tiernas para los bebés y los ancianitos,la mano y las palabras tiernas para el solitario,para el enfermo,para el compañero de camino …

La última revolución habrá de ser de ternura para superar las diferencias y hallar el camino hacia una singularidad convivida en la abundancia de lo múltiple...
Pablo Neruda y Benedetti,escribieron de una alianza indestructible entre la revolución y la ternura. También Víctor Hugo sugirió que “la indignación y la ternura constituyen la misma facultad vuelta en los dos sentidos de la dolorosa esclavitud humana; y quienes son capaces de encolerizarse son también capaces de amar”. El mismo Ché Guevara señaló que “a veces debemos endurecernos, pero jamás debemos olvidarnos de la ternura”. Antes se decía que una mujer sin ternura era una monstruosidad, todavía más que un hombre sin coraje; ahora, hemos de considerar que toda persona sin coraje y sin ternura es alguien mutilado.
Lo cierto es que la ternura aunque discimulada, se halla por doquier.Y es cuando sabemos dar la ternura y también sabemos recibirla, nos damos cuenta que se halla presente todas partes: en un perro, en un amigo o en una desconocida. Hay una ternura infinita en los corazones bondadosos,tanta como en una noche llena de estrellas,y sólo es cuestión de liberarla.
Algunos son como esos árboles centenarios y gigantes, los que inspiran solidez, altura y firmeza, y aunque se rodean de una tierna corteza,es en ella donde los amantes graban sus nombres y amores para la posteridad. La ternura nos hace vulnerables, nos convierte en humanos, y nos eleva a la categoría de seres virtuosos. Tenemos la misma edad que nuestra ternura. Nuestro desgaste de ternura no es más que amor sin utilizar, porque el amor crea ternura…esa que sobrevive al amor. La ternura es esa realidad que consigue superar al ensueño de la utopía...

viernes, 4 de junio de 2010

Dignidad...

"El veneno no mata si no te lo tomas",es una premisa que nos recuerda que nadie podrá jamás despojarte de tu dignidad a menos que lo permitas.
Y otro refrán advierte que "Más triste que no tener dignidad, es no apoyar o criticar a quienes la defienden".
Por eso es importante entender que quiere decir ser una persona digna.
Dignidad significa "calidad de digno". Deriva del adjetivo latino dignus,se traduce por "valioso"; es el sentimiento que nos hace sentir valiosos, sin importar nuestra vida material o social.
La dignidad se basa en el reconocimiento de la persona de ser merecedora de respeto, es decir que todos merecemos respeto sin importar cómo seamos. Al reconocer y tolerar las diferencias de cada persona, para que ésta se sienta digna y libre, se afirma la virtud y la propia dignidad del individuo, fundamentado en el respeto a cualquier otro ser. La dignidad es el resultado del buen equilibrio emocional. A su vez, una persona digna puede sentirse orgullosa de
las consecuencias de sus actos y de quienes se han visto afectados por ellos, o culpable, si ha causado daños inmerecidos a otros. La misma dignidad que nos pone por encima de la naturaleza, pues podemos transformarla también en nosotros mismos, contenerla, regularla, nos hace responsables. Un exceso de dignidad puede fomentar el orgullo propio, pudiendo crear la sensación al individuo de tener derechos exclusivos (privilegios). La dignidad refuerza la personalidad, fomenta la sensación de plenitud y satisfacción.

Es el valor intrínseco y supremo que tiene cada ser humano, independientemente de su situación económica, social y cultural, así como de sus creencias o formas de pensar.


El ser humano posee dignidad por sí mismo, no viene dada por factores o individuos externos, se tiene desde el mismo instante de su concepción y es inalienable.

A la misma mujer, a pesar de los logros obtenidos en sus derechos, todavía en muchos lugares se le sigue considerando de rango inferior con respecto al hombre y por lo tanto con menor dignidad.

Para justificar la esclavitud se decía que el esclavo no era persona humana, sino un objeto, al igual que judíos, gitanos y homosexuales durante el nazismo. En la época del colonialismo, se decía lo mismo del indio, que no tenía alma y por lo tanto no poseía dignidad humana.
Es constante en la historia de la humanidad negar la dignidad humana para justificar y justificarse en los atentados contra ella.
Dignidad significa,entonces, la calidad que una persona, situación o cosa merece tener. Representa realce y excelencia, en el sentido favorable, cuando se utiliza de una manera absoluta, pero también puede tener un significado adverso, aunque, para indicar la calidad desfavorable se pueda utilizar también, y tal vez con más propiedad, la palabra indigno.
Digno es la calidad que corresponde a una persona o cosa, en proporción a su mérito y condición, con razón y justicia.
Una persona también puede adquirir rango de dignidad por desempeñar un cargo, empleo honorífico, o de autoridad moral en una sociedad, pero también puede indicar seriedad y decoro en la manera de comportarse.

La palabra dignidad no figura en la última edición de la Enciclopedia Británica Universal, Edición en español, de modo que parecería que la dignidad está en desuso o que no existen méritos suficientes en las personas,animales,vegetales, situaciones o cosas como para que corresponda aplicarle esta calidad de ser.
Tal vez el motivo sea precisamente este último en lo que concierne a los méritos, debido a la desaparición de los referentes necesarios para evaluar los merecimientos de las personas y también de las cosas.
La dignidad supone una expectativa de comportamiento o modo de ser de las personas, es decir, las formas preestablecidas y arraigadas por el uso y las buenas costumbres de las distintas culturas.
La dignidad también se relaciona con la autoestima. Consiste en la identificación con una idea mental de cómo es que se debe ser y actuar en consecuencia para merecer ser digno de esa condición.
La autoestima pasa por ser digno de uno mismo, sea cualquiera la forma de ser que se elige ser, tratando de ser fiel a si mismo.
Una persona es un universo y crea su propio mundo, basado en la dignidad que cree merece que le corresponde.
Se puede ser digno de confianza cuando una persona merece esa calidad de ser, o sea cuando actúa en forma responsable, tiene una actitud ética, se respeta a si misma y respeta a todos los demás, manteniendo este comportamiento como un modo de ser a lo largo de su vida.
Es digno de consideración aquel que inspira condolencia y que no es capaz de hacerse cargo de si mismo.Alguien puede ser digno de su situación, por habérsela merecido por alguna razón, ya sea una medalla olímpica,por ejemplo, si está en condiciones de desempeñarse con alta eficacia o de modo adverso digno de ser abandonado por su pareja si comete una deslealtad.
De todos modos la dignidad está señalando una calidad de ser que indica un merecimiento por ajustar el comportamiento a ciertos códigos de comportamientos que han adquirido algún grado de valor, tanto negativo como positivo en una cultura.
Por cierto y necesariamente, ostentar la calidad de ser digno de algo exige estabilidad y fidelidad en el cumplimiento de los códigos que correspondan, de manera que se pueda evaluar el comportamiento, la situación o la cosa, dentro de parámetros que no cambien.
La dignidad de una condición exige respeto, tolerancia y aceptación, porque es el merecimiento de lo mejor que un ser humano Es...

(imágenes:estatua "Los Jarochos" en Boca de Río,Veraccruz,México y estátua de Cuahuthemoc,Ciudad de México)

martes, 1 de junio de 2010

Mola...

mucho Macaco !
jojojo ...grx.