martes, 12 de julio de 2011

Memoria y olvido...


La memoria tiene mejor fama que el olvido.
Admiramos la memoria porque forma parte de la inteligencia. Y tememos al olvido, como desmemoria y como desafecto. Una concepción positiva de la inteligencia y la acción humanas siempre subraya la importancia de la memoria en cualquier proceso cognitivo. Si además se trata de conocimientos prácticos, los procesos de memoria son cruciales.
Sin embargo debemos apreciar también las ventajas de la desmemoria. La filosofía estoica ya las apuntaba cuando con
cebía nuestro conocimiento como una blanda superficie de cera sobre la cual se iban acumulando impresiones de modo que unas a otras se borraban y permanecían sólo las más fuertes o las más frecuentes. Si pudiéramos recordar absolutamente todo, por lo mismo apenas podríamos realizar el ejercicio selectivo que llamamos pensamiento.Al pensar recordamos, pero también olvidamos e innovamos.
Y menos mal que así sucede. Pensar es eso. Ir por sendas que nos son conocidas, dejar de lado ideas o recuerdos, llegar a conclusiones dando frecuentes saltos sobre muchas cosas que sabemos. Eso no
nos preocupa. Sólo nos ponemos en alerta si comprobamos que en ese rápido flujo evitamos demasiado algunos lugares, si detectamos un hueco al que no nos queremos acercar.
Cada cual se calla sobre ciertas cosas y la humanidad evita también algunos lugares de su pensamiento y su memoria. Son abismos a los que nadie quiere asomarse. No debe extrañarnos esta selectiva geografía del espíritu. A veces no estamos preparados para según qué y la humanidad evita poner ante sus ojos algunas verdades que conoce confusamente. No quiere aclararlas. No todo se puede iluminar y la pretensión de evitarlo es un error. A este no caminar sobre ciertas cosas y no hacerlo todos de consuno llamó Nietzsche pudenda,lo que no puede ser tratado porque es el fundamento que no conviene iluminar, los pies frágiles del espíritu humano. Tenemos pues en común la memoria y algunos significativos olvidos.
Los olvidos de cada quién pueden ser sintomáticos, olvidos que significan algo en el fondo de ese individuo. Cada cual olvida, pues, para saber y olvida para actuar. Para poder vivir el olvido está presupuest
o. Y, si no se produce, se exige. Cuando el olvido se manifiesta como deber adquiere una dimensión distinta, ética.
Existe un imperativo que se enuncia como:" olvídalo o debes olvidarlo...." Pero a qué responde?
Todos nos damos unos a otros tal instrucción en momentos particulares. Cuando estamos preocupados, cuando estamos airados, pesarosos, en definitiva, tristes. Conduzco toda esta gama de sentimientos a la tristeza porque no me parece mal la reducción que Spinoza hizo a ella de afecciones del alma que disminuyen la potencia de obrar y conocer del sujeto.

Pero la instrucción de olvidar es bastante compleja. No es una instrucción fácil de seguir: olvidar las cosas que conducen a la tristeza no es sencillo; con decir "lo olvido" no olvidamos. Sólo podemos estar seguros de haber olvidado cuando nos hemos olvidado de olvidar. Y sobre esa paradoja, acumula además otra cuestión: esta instrucción sólo parece tener sentido dictada sobre los afectos tristes, pero sería incomprensible o cruel darla para los alegres. Es decir, parece casi siempre ser olvida para mejorar tu estado presente. No tiene sentido recomendar o exigir a alguien que olvide lo que le produce alegría, a no ser que se trate de una instrucción cruel, una instrucción que tendría su modelo siempre en la del Infierno del Dante. La recomendación de olvidar dada a alguien en su plenitud es virtualmente una amenaza siempre.
El deber de olvidar quiere conseguir desmemoria sobre la tristeza. Ese deber tiene otro nombre que nos ayudará a comprenderlo mejor.
El perdón es el nombre moral que el olvido recibe.

Montaigne en sus Ensayos considera las ventajas de la desm
emoria y trae a cuento a Cicerón para afirmar que ser desmemoriado es bueno porque nos hace olvidar las ofensas recibidas. Quien no olvida las ofensas recibidas recibe el nombre de rencoroso. Para evitar el rencor y sus secuelas existe la instrucción de olvidar, pero la de perdonar es más directa y atinente al caso. Tenemos cierta idea de qué es olvidar. Pero temo que apenas sabemos lo que es perdonar. Muy pocas son las ocasiones en que alguien dice en todo su sentido "perdóname". Para pedir o dar perdón se requieren condiciones bastante complejas. Pero por el olvido, si se logra, se empieza.
Con todo, olvidar no es perdonar. Recuerda también M
ontaigne a Darío, quien para no echar en olvido la ofensa que había recibido de los atenienses, hacía que un paje le repitiera al oído tres veces siempre que se sentaba a la mesa: "Señor, acordaos de los atenienses". No quería perdonarlos. El perdón supone el olvido, pero el mero olvido no supone el perdón.
Injusticia y reparación
Somos memoria. Sin ella, la identidad personal no existiría, ni tampoco la historia ni la cultura, que se tejen en nuestro vínculo con las generaciones pasadas. Sin embargo, la memoria no es tan sólo una herencia de recuerdos acumulados. Gracias a ella aprendemos de lo ya sucedido, cultivamos los conocimientos adquiridos, tomamos conciencia de las oportunidades desaprovechadas, y nos liberamos de repetir una y otra vez los mismos errores. Por ello, después del horror de la Segunda Guerra Mundial, Theodor W. Adorno propuso una nueva ética basada en la memoria, y formuló un nuevo imperativo categórico: orientar nuestro pensamiento y nuestra acción de modo que Auschwitz no se repita. Era un imperativo de la memoria, pero no como rencor, sino como posibilidad de aprendizaje. En ella enraizaba la esperanza del progreso moral.
Un ejemplo. Enterrar a los muertos de manera digna, recordar su nombre y su historia, forma parte de aquello que nos hace humanos, como decía Hans Jonas, y es una de las formas básicas en que cultivamos la memoria. Pero como ya advertía la Antígona de Sófocles, negarle el entierro al perdedor es una vieja forma de injusticia que se repite una y otra vez en guerras y dictaduras por todo el mundo. Es una forma de violencia que se prolonga más allá de la vida de la víctima, y cuyo objetivo es condenarla al olvido. Su cuerpo es expulsado de la postrera comunidad al no permitir que repose en el cementerio entre sus vecinos, donde le hubieran visitado familiares y amigos. A su nombre se le niega la lápida que lo conserve, la piedra que retiene la voz cuando ésta ha desaparecido.
Allá donde queda un cuerpo por enterrar, hay una injusticia pendiente de reparación.

Mientras no la reparemos, las siguientes generaciones heredarán olvido y no memoria. Por ello, no sólo debemos resolver la injusticia pendiente de las fosas comunes de la guerra civil; debemos aprender de ese error terrible y crear las condiciones para que no vuelva a suceder. Si se puede causar una injusticia a alguien que ya ha fallecido, porque se puede seguir violentando su cuerpo y su memoria, debería existir un derecho que le proteja.
Deberíamos conceder a los muertos el derecho huma
no a un entierro digno. De ese modo, haríamos justicia a las víctimas, y dejaríamos de perpetuar los mismos errores.
Y esa sería la verdadera memoria, la que abre la posibilidad de un futuro más justo
.

(11 de julio,2011.

Converses per el Fòrum de la Memòria Històrica.
A 75 anys de l'aixecament feixista del genocida Franco que va donar inici a la Guerra Civil espanyola. L'última guerra idealista d'un poble bolcat cap al imppsible: La Utopia


Universitat Autònoma de Barcelona, Departament de Psicología i Ciències Forenses.)