martes, 20 de diciembre de 2011

Los ingratos...



La ingratitud es el fruto de un corazón egoista, que lo exige todo, sin aportar nada para merecer lo recibido,y que aún considera que nada de lo que recibe es suficiente.
Actuamos segun lo que tenemos en el corazon,pero aunque alimentemos a un ingrato, este terminara destrozando nuestra bu
ena voluntad.
La ingratitud es la única manera que conocen los sujetos mediocres paqra pagar un don,son sujetos soberbios,que suelen,si reciben un agravio, cincelarlo para siempre en cemento,y si reciben un bien,hacen un trazo fugáz en el polvo. Quevedo,sabiamente decía que "los que reciben un bien que no merecen,pocas veces lo agradecen". Y decía también que la ingratitud es la hermana menor de la traición,y por ello son semejantes en que nunca se esperan,duelen enormemente y no hay forma de aliviar el daño que causan.
Se podría decir que existen tres tipos de ingratitud: los que se niegan a reciprocar un favor, los que lo callan
y los que lo olvidan.
Sí somos capaces de discernir el bien y el mal; cabe, entonces, que podemos inclinarnos por la evitación de lo más degradante, como ocurre con la traición y la ingratitud, partes oscuras de la esencia humana,porque aunque la ingratitud no descorazona a la verdadera caridad, si sirve de pretexto al egoísmo.
El descaro del ingrato es que siempre quiere que le den oportunidades y que todos le sirvan,pero la verdad que oculta ses su invalidez ética,puesto que la ingratitud proviene,generalmente, de la imposibilidad de pagar.
Algunos sufrimos porque no comprendemos al ingrato; algunos mal agradecididos nos odian después de haberles ayudado, sin ninguna justificación nos quitan el habla,y nos deprecian ante los demás.
Y es quizá sientan vergúenza de sí mismos,porque quien recibe lo que no merece,no lo agradece.
Y la ingratitud siempre deja una marca de amargura y decepción en personas que no merecerían ese dolor. Y es que ante la ingratitud no hay consuelo posible. No hay mane
ra de parar la creciente sensación de vacío que carcome el espíritu sobre el que despliegan su oscuro vuelo dos aves de rapiña: la apatía y la tristeza.
Es necesario decir que en muchos
casos, la ingratitud es un problema de comunicación más que de sentimientos. Y es que la gratitud que no se expresa, se disminuye o se anula en su silencio; pero no nos damos cuent
a. Lucas narra la ocasión en que Jesús sanó a diez leprosos y sólo uno regresó a darle gracias. En dónde estaban los otros nueve? Tal vez estaban tan contentos que corrieron a comunicar las buena noticia a su familia y a amigos. De seguro que a todos les decían lo agradecidos que estaban con Jesús; pero a él no se lo dijeron... El error de los leprosos no estuvo en su ingratitud, sino en su silencio...
Sin embargo,cuando la ingratitud es una distorsión ética del carácter que lleva a la gente a no agradecer porque es mala y abusiva,puede ser terriblemente dañina para sociedades enteras.como es el caso de esos políticos ingratos con sus votantes, los alumnos olvidados de sus maestros,los hijos de sus ancianos padres,etc.etc...
Y es así como los traidores,los envidiosos, los avariciosos, los orgullosos, tienen ese gérmen de la ingratitud en sus actos,como un vicio de orígen.
Así pues, la ingratitud es una seudo-superioridad, un silencio omiso y una carencia de bondad. Pero también es un problema de educación... Decir "gracias" es una expresión virtuosa,de educación, de cultura y de decencia,siempre y cuando se exprese con sinceridad. Y esto implica enseñar a los niños.con nuestro ejemplo, no solamente a ser agradecidos, sino también a ser sinceros.
La palabra virtud deriva de la raíz latina vir que significa fuerza y ciertamente todas las facultades que los clásicos llamaban virtudes hacen a los hombres más fuertes y mejores. Además, la felicidad está del lado del bien y por lo tanto de la virtud. Ser generosos y agradecidos nos hace en definitiva más felices. La cuestión es si se nace o se hace, si se es por naturaleza o se puede adquirir, si es cuestión de genética o de educación y aprendizaje. Probablemente haya algo de cada cosa, a la genética no podemos cambiarla, pero sí podemos hacer por aprender, por educar y educarnos. Hoy parece olvidada una disciplina que cuando eramos niños formaba parte de las calificaciones escolares, me estoy refiriendo a la “Urbanidad”,o "civismo" algo por cierto muy distinto a la “Educación para la ciudadanía”. La urbanidad no es una virtud sino el aprendizaje de las virtudes, una suerte de ensayo o de práctica. Todos podemos recordar cómo en nuestra niñez, nuestros padres nos repetían con machacona insistencia aquello de “qué se dice?”, y nosotros pronunciábamos la palabra “gracias”...