lunes, 20 de febrero de 2012

Los superficiales...



Hombres y mujeres nos dedicamos desde hace milenios -con desigual ímpetu según las personas, es cierto- a hablar por hablar, como si el silencio fuera una amenaza.
Hablar, hablar sin cuento, aún a riesgo de repetir banalidades, parece ser una imperiosa necesidad humana. Una pasión exacerbada hoy por Internet y multiplicada de forma exponencial a través de las redes sociales. Millones de personas en todo el mundo se creen hoy en la obligación de transmitir inmediatamente sus impresiones o pensamientos a toda la galaxia y de atender en correspondencia, en todo momento y al instante, el más mínimo comentario de sus contactos a través de Facebook o Twiter.
Escribimos muchas veces por escribir, como hablamos por hablar... Sin pensar.Todo lo que a uno le pasa por la cabeza –y a veces lo que ni siquiera llega a pasarle por ella- es volcado sin sensatez en este ensordecedor diálogo universal. Si uno no lo hace, deja virtualmente de existir… Y sin embargo, una ingente cantidad de esos micro-mensajes que navegan por el ciberespacio, de esos comentarios colgados por los internautas al pié de cualquier artículo o información, son totalmente superfluos y repetitivos...


Y es que quién tiene tiempo para pensar? Permanentemente conectados al resto del mundo, distraídos por los miles de mensajes que nos llegan a través de las pantallas –cada vez más numerosas-, no nos damos tiempo ni espacio para quedarnos con nosotros mismos y nuestros pensamientos. Huimos del vacío digital como huimos del silencio. Basta observar en el metro: quien no repasa obsesivamente su smartphone o su i-Pad, se aísla escuchando su música preferida en su MP3, aislado con sus auriculares...
Pasa,por ejemplo,que ahora tenemos música por todas partes pero ya no queda tiempo para escucharla de verdad, para sentirla,entenderla... amarla. Sería bueno detener por un momento tanta información y vaciar el cerebro... El silencio, el vacío, el tiempo muerto, son
imprescindibles para meditar y para que la reflexión fructifique,ese tiempo es necesario para crear,para comprender,para digerir las ideas y los sentimientos...La búsqueda del silencio y de la interioridad van de la mano... Estar en silencio es estar con uno mismo. Por ejemplo,un paseo en silencio por el campo, por el bosque o a la orilla del mar nos coloca en un estado de disponibilidad emocional e intelectual.
Pero el mundo de hoy está saturado de ruido. De ruido. De imágenes. De palabras. Inmersos en una sociedad acelerada, asaltados por todas partes y sin tregua, con miles de informaciones, acabamos arrastrados por el torbellino de esta aceleración, convirtiéndonos en adictos a una falsa sensación de urgencia...
Y resultan inquietantes los efectos secundarios de este estado de permanente hiperactividad y velocidad: Somos víctimas de una crisis de paciencia. Las imágenes, los discursos, los acontecimientos que se suceden, este exceso de realidad nos asedia y nos impide reflexionar sobre lo que sucede realmente y llega un momento en el que nuestra mente se cauteri
za,y se insensibiliza,y ya no distingue lo banal de lo realmente importante...Así no
s volvemos "twiteros" o "facebookers",es decir,superficiales, reaccionando de forma alelada y adictiva a la multiplicidad de estímulos de los medios, y así modificamos el funcionamiento de nuestro cerebro, hasta el punto de volverlo incapaz de concentrar la atención de forma duradera en una sola cosa importante: La Realidad.

Inhábiles para generar ideas propias,o fijar la atención en algo más de dos minutos seguidos, así como para leer sin dificultad un texto largo,los twiteros,comentadores de noticias,y demas fauna virtual,se están volviendo idiotas: seres maleables manekados por el vaivén de las corrientes virtuales de la red.El “surfeo” compulsivo de una ventana a otra, activa ciertas partes del cerebro, mientras deja otras –las de la memoria y la atención- en segundo plano. Y que decir del lenguaje,reducido al menor número de palabras...
Cierto es que Internet se ha convertido en un medio universal, el conducto de la mayor parte de la información que fluye a través de los ojos y los oídos hacia la mente del ser humano. Las ventajas de tener un acceso inmediato a tan increíble almacén de información son muchas, y han sido ampliamente descritas y debidamente aplaudidas.Pero este beneficio tiene un límite: Internet está reduciendo la capacidad de concentración y contemplación. Las mentes de muchos, ahora, esperan recibir la información de la forma en que Internet la distribuye: en una veloz y emocionante corriente de partículas pasando como un rayo sobre la superficie de la vida...
Internet es un instrumento de comunicación y de educación,es también fuente de divesión y de encientro social, y es la mayor expresión lbertaria y cultural de la história,y por eso es necesario repensar la forma en que usamos esas tecnologías.
Aprovechar la red para vivir en un estado de fusión con el mundo,y compartir cada instante es un engaño, pues en realidad no estamos presentes en el mundo. No miramos más que a través de objetivos y pantallas interpuestas. Hemos perdido algo esencial que nos hace cruelmente falta: la profundidad.
Tanto del pensamiento como de los sentimientos.
Nos quedamos,así, en la superficie de las pantallas, como de nuestras vidas...
Un mundo virtual que se ofrece ante nosotros bajo la bandera de la libertad puede dejándonos saturados,fragmentados,vacíos.... Pero en nuestras manos está evitar ser abducidos por la nada: basta usar sensatamente el dedo índice y pulsar la tecla “off”...para retornar a lo verdadero,a lo profundo, a lo real...