lunes, 23 de abril de 2012

Leer...














Entrar en esas librerías que afortunadamente todavía existen, que venden por poco dinero libros usados, o saldos de impresión de libros nuevos que superaron la etapa mercantil y que terminaron vendiéndose al por mayor, más por su peso en papel que por su contenido literario, suele ser una aventura para cualquier lector.
Se encuentran verdaderos tesoros si nos atrevemos a internarnos en esa maravillosa maraña de libros y aprendemos a mirar.
La lectura puede transportarnos a cualquier parte y nos puede describir vivencias que se pueden llegar a experimentar como si fueran propias.
Los libros nos sirven para conocernos mejor a nosotros mismos. Encontramos proyectados en las narraciones de los libros nuestras preocupaciones, nuestros miedos, nuestras dudas y por lo general nos sentimos identificados siempre con alguno de los personajes, brindándonos la oportunidad de vivir otras vidas y ensayar la propia.
Nuestra imaginación es capaz de recrear situaciones, escenas, rostros, estados emocionales con toda fidelidad a través de una buena lectura.
El proceso mental que requiere la lectura es más exigente que el ver proyectada esas mismas imágenes en el cine o en la televisión, donde todo aparece masticado y digerido y donde prevalece más la espectacularidad que el contenido.
Emmanuel Kant, (1724-1804) famoso filósofo nacido en un pequeño pueblo de Alemania, llegó a ser una celebridad por su extraordinaria lucidez de pensamiento, sin embargo era un hombre muy metódico y rutinario dedicado por completo a su trabajo.La gente del lugar lo conocía porque pasaba todos los días a la misma hora para ir a la biblioteca de la Universidad a leer; y era tan puntual que verlo a él era lo mismo que consultar el reloj...
Era un lector muy minucioso y un afamado escritor de ensayos filosóficos. Su libro “Crítica de la razón pura” lo hizo famoso, y aunque nunca dejó su tierra natal, podía describir cualquier país con todo detalle, como si hubiera vivido allí muchos años.
La lectura, además de transmitir conceptos, o historias, nos emociona y muchas veces nos inspira. Ese libro, el que nos llegó al corazón, es el que seguramente recomendaremos y no olvidaremos y hasta nos puede cambiar la vida.
Por otra parte, el acto de leer incrementa el vocabulario, mejora la ortografía, aumenta la información, perfecciona la manera de hablar y estimula la imaginación
Leer tiene que ser un placer y no una obligación. Es inútil querer inculcar a alguien que nunca leyó un libro la satisfacción por la lectura, sencillamente porque no le gusta, no le interesa y puede tener preferencias por otras actividades que un buen lector puede desconocer totalmente, como los deportes, la música, o el teatro.
Solamente se puede transmitir el placer que uno siente al leer e introducir a la gente en el mundo de los libros dándole la oportunidad de elegir lo que les gusta.
Lamentablemente, el sistema educativo tanto primario como secundario exige la lectura de determinados libros con carácter obligatorio, a veces escritos en castellano antiguo, que son verdaderas torturas para los lectores novatos.
Esta experiencia devastadora termina con las buenas intenciones de cualquiera y convierte en remota la posibilidad de fomentar el hábito de la lectura en los jóvenes.
Sin embargo, es necesario que sepan que eso no es todo, que existen libros maravillosos dignos de leer, que pueden lograr incorporarse a nosotros y transformarnos.
Y es que la lectura no es solamente  un placer, sino que además tiene efectos benéficos; porque aumenta la capacidad de concentración, promueve la empatía y representa un ejercicio útil para evitar la pérdida de las funciones cognitivas.
Leer produce modificaciones en la anatomía del cerebro y favorece las conexiones nerviosas; y si es un hábito frecuente, puede compensar el deterioro natural de la edad avanzada.
Cuando leemos aumenta notablemente la actividad cerebral, principalmente en el hemisferio izquierdo.
El reconocimiento de una palabra implica identificar las letras, procesarlas en sílabas y luego traducirlas a sonidos.
Las palabras aisladas, por ejemplo, estimulan numerosas zonas del cerebro; y la comprensión de un texto más o menos complejo requiere capacidad de representación y simular la escena ficticia, completando los datos que sugiere dicho texto con la propia experiencia e imaginación.
Según la psicóloga Nicole Speer, de la Comisión Interestatal para la Educación Superior en Boulder, la lectura no es una actividad pasiva, porque cuando el lector lee un relato, tiene que recrear mentalmente cada situación, lo que hace activar zonas de su cerebro similares a las que se activan si él realizara esas mismas acciones.

El equipo de Alexandre Castro-Caldas, de la facultad de medicina de la Universidad Portuguesa en Lisboa, realizó un estudio que comparaba los cerebros de personas que leían, con otras que eran analfabetas.En la prueba ambos grupos debían escuchar palabras reales en su propia lengua y otras inventadas sin ningún significado pero parecidas a las palabras auténticas.Los analfabetos tuvieron dificultades para repetir esas pseudo palabras y tendían a sustituirlas por las palabras reales que se parecían. Esto se debe al hecho de tener menos desarrollado el sentido para percibir diferencias sonoras sutiles, en tanto que los que sabían leer, las podían diferenciar sin dificultades.
Las personas que leen con regularidad, después de los 70 años, tienen un menor riesgo de desarrollar la enfermedad de Alzheimer, por lo menos durante los siguientes veinte años.
Dante Bayona, y su equipo del Centro de Servicios Educativos de la UAB, demostraron que la habilidad en la expresión, la lectura y el lenguaje tiene significativa importancia en el rendimiento académico.Esos mismos investigadores temen que el hábito de chatear con mucha frecuencia a través de medios electrónicos, produzca una alteración en la concentración, debido principalmente al reducido vocabulario que se maneja y la poca profundidad de lo que se comunica.
Por otro lado, a las personas que les gusta profundizar en las lecturas mantienen su actividad mental hasta edades muy avanzadas.
El neurólogo Joel Vergara, de la Complutense, llevó a cabo un seguimiento durante veinte años a 470 ancianos de 75 años.




Los que leían mucho así como los que tocaban algún instrumento musical, presentaron menos probabilidades de sufrir demencia, y fue mucho más lento el desgaste de su capacidad mental.
La actividad mental aumenta la reserva cognitiva, o sea, que existe un potencial cognitivo que compensa el efecto de las enfermedades deficitarias nerviosas.
En cuanto a que la lectura favorece la empatía, un estudio realizado muestra que los aficionados a leer novelas de ficción suelen tener mejores habilidades sociales que los que leen libros de textos especializados o los que leen menos.
Y como dijera un sabio: "...Analfabeto no es el que no sabe leer, analfabeto es el que sabiendo leer no lo hace"...
 Salud,libros,rosas y Anarkía!