martes, 1 de abril de 2014

El dedo y la luna...










Como la realidad sólo puede ser vivida y experimentada,el zen sólo sirve de medio, de guía para el practicante en su experiencia de esa realidad.
Todo lo enseñado por la filosofía budista ha de ser considerado como un dedo que señala a la luna. Para mostrar la luna nos servimos de un dedo, pero no hay que confundir el dedo con la luna, porque el dedo no es la luna.
Porque en cuanto pensamos que el dedo es la propia luna, ya no sabemos mirar en la dirección señalada por el dedo.
La esencia del zen es vivir. Por eso no se habla de Zen, sino que se experimenta. Pero el vivir en profundidad es un gran fenómeno que irradia como el sol. A la persona que experimenta la vida a plenitud se le reconoce por signos particulares. Ante todo, la libertad: no se deja influir por las vicisitudes de la vida, por el miedo, la amargura, la ansiedad, el éxito, o el fracaso, etc. Después, se le nota la fuerza espiritual, revelada por la calma, por la sonrisa inefable,por la sencilla alegría, por la serenidad. Podría decirse sin temor a exagerar que la sonrisa, la mirada, la palabra y la acción de las personas constituyen un  lenguaje vital.
Ese lenguaje lo emplean los maestros zen para guiar a los practicantes. Un maestro zen se sirve de los conceptos y de las palabras, como todo el mundo; pero no está condicionado ni apresado por esos conceptos ni por esas palabras. El lenguaje del zen tiende siempre a destruir los hábitos de los que no saben pensar más que por medio de conceptos. Tiende a provocar crisis que sirven para hacer que se desencadene un momento de anagnórisis que nos de luz sobre nuestro particular sentido de vida. El zen propone disciplinar la mente hasta hacerla dueña de sí misma, por medio de la comprensión interna de su propia naturaleza.
La disciplina del zen abre la mente para mirar dentro de sí la naturaleza real del alma.
Por eso en el zen se estudia mucho al Ego,como una parte de nosotros los seres humanos,al que le gusta acumular, tener poder, posición, fama, gloria, buscar la aprobación de los demás y no necesariamente por baja autoestima. El ego es la máscara que controla nuestra vida cotidiana e intenta  mostrar una apariencia ficticia, ese personaje falso que no somos,pero que queremos que los demás vean.
El ego ansía la aprobación y el reconocimiento y quiere controlar situaciones y personas, y por eso se apoya en el poder. El ego además de ser una postura narcisista, tiene muchas características distintas y todas protagonistas. Algunas de ellas es ser desagradable, egoísta, soberbio, traídor, engreído, vanidoso,para ocultar la verdad de su  baja autoestima.
Otros roles del ego son la indiferencia por el entorno, y sólo fijarse en uno mismo, sin que se pueda captar el sufrimiento de los demás y de ahí viene el desinterés por todo, no le interesa aprender, cultivarse, crecer, elevarse.
Otras veces por razones de ego nos sentimos cómodos con roles de víctima y nos es más fácil echarle la culpa a otra persona esta postura negativa, lo único que logra es que la persona se empantane dentro de ese círculo y no salga adelante.
Tenemos que cuidar cuando hay un falso orgullo, una falsa humildad que oculta algo más peligroso: la vanidad que no es lo mismo que dignidad.
Porque el ego se aferra a las emociones a tal punto que muchas veces las descontrola, opacando el discernimiento de una persona.
El rol del ego no se puede eliminar porque forma parte del espíritu, es benéfico cuando lo logramos equilibrar e integrar.Para eso,el zen nos da esta recomendación:
“Tu visión devendrá más claramente sólo cuando mires adentro de tu corazón. Quién mira afuera sueña, quién mira adentro despierta”
(Se necesita contener en forma analítica las emociones descontroladas, sin ser insensibles con el sufrimiento ajeno.Con una emoción equilibrada se tiene el control de los impulsos y se puede dar y recibir amor)
Es importate reconocer la fragilidad del ego,que nos lleva a ser manipulados, susceptibles a las opiniones o actitudes del entorno, etc.,porque el ego siempre necesita, siempre en carencia,relega el don de dar por el de necesitar,en un eterno rol de víctima.
 Es que el ego es justo lo contrario de nuestro verdadero ser. No es ese sustrato de nuestra existencia en el que nos reconocemos, sino una falsa identidad que adoptamos en nuestro proceso de socialización precisamente para que, reflexionando sobre lo accesorio, no nos planteemos preguntas sobre lo verdadero. El ego es un envoltorio de nuestra conciencia y, a menos que nos liberemos de él, jamás llegaremos a conocernos. Al ser un engaño, el ego rehuye lo sencillo, pues le delata; lo difícil sí es un reto para él, y lo imposible un reto de verdad. Las personas con un gran ego necesitan ser el centro de atención, ansían reconocimiento y les preocupa muy poco los demás,
 suelen ser muy posesivas y celosas,pero son igualmente incapaces de sentir amor incondicional, son materialistas y todo lo basan no en el ser sino en el parecer, en el tanto tienes tanto vales, en ausencia de lealtad,de solidaridad y de compañerismo.
Vivmos en una sociedad que fomenta el ego a través del individualismo; que se vé reflejado en el materialismo acumulativo fomentado por el egoismo, que todo lo quiere para sí. Nuestro ego es responsable de nuestro deseo de atención. No hay que confundirse entre el ego y el amor propio. Por ejemplo: cuando se tiene mucho ego no se sabe perder con elegancia, el ego magnifica el yo sobre los demás.
Ese egocentrismo,que es cuando uno se siente el centro de todas las cosas, y todo tiene que girar hacia el yo,nos conduce a vivir deformando al mundo, porque el mundo está hecho para todos, no para alguien en especial. Pero el mundo sigue su marcho,con o sin nosotros,y como no se pliega al deseo de nuestro ego,eso nos causa un sufrimiento inutil.



El problema con la importancia personal es que uno generalmente se vuelve adicto a la importancia,y esa adicción implica la necesidad de demostrar continuamente la importancia de uno mismo a los demás. En casos extremos, esa "importancia" de los egos  son los que inician guerras y manipulan a los demás para su propio beneficio,suponiendose superiores a las otras personas.
La persona egocéntrica siempre habla de sí mismo, de sus cualidades y desprecia las de los demás, en definitiva se sobrevalora. Normalmente, al dirigir toda su atención sobre sí mismo, el egocéntrico desconoce los intereses de los demás y por ello es incapaz de sentir ni tan siquiera un mínimo de empatía.
Las personas afectadas por este mal denominado egocentrismo tienden a recurrir a mentir sobre si mismos,colgándose medallas e inventandose estudios,credenciales y cualidades falsas, sin ninguna base, sin pensar que al falsear su realidad,van perdiendose a sí mismos.
No debemos sin embargo creer de forma indiscriminada que todo egocéntrico es mala persona, ni mucho menos. En el fondo sufren cuando dejan de ser el centro de atención porque realmente su problema es su inseguridad, que les lleva a necesitar de la constante atención y preocupación hacia ellos de todo su entorno, no sólo del más cercano.
Para liberarse de ese ego paralizante,debemos saber que la conducta de los demás no es razón para quedarnos inmovilizados. Lo que te ofende solo contribuye a debilitarte. Si buscamos ocasiones para sentirnos ofendidos, las encontraremos a cada momento.  Es el ego en plena acción, convenciéndonos de que el mundo no debería ser como es. Pero podemos convertirnos en degustadores de la vida y dejar de ofendernos con el universo. Hay que actuar para erradicar los horrores del mundo, que emanan de la identificación masiva con el ego, pero para eso, debemos vivir en paz interior. Sentirse ofendido crea la misma energía destructiva que te ofendió y que te lleva  a una guerra ya perdida de antemano,pues le has cedido todo el  poder sobre de ti,a tu ofensor. Por todo ello,no te sientas ofendido.
Por otro lado,al ego le encanta dividirnos entre ganadores y perdedores. Empeñarnos en ganar es un método infalible para frustrarse,porque es imposible ganar todo el tiempo. Siempre habrá alguien más rápido, más joven, más fuerte, más listo y con más suerte que uno, y perder bajo la influencia del ego,nos hará sentirnos insignificantes y despreciables. Uno no es sus victorias. Puede que nos guste competir pero si nos gustan los retos,vencerse a uno mismo es el reto más difícil.
Y es que el ego,al hacernos sentir la necesidad de ganar, nos hace olvidar que lo opuesto de ganar es perder.
El miedo del ego es no tener razón. Por eso es fuente de conflictos y disensiones porque nos empuja a hacer que los demás se equivoquen. Cuando somos hostiles,es porque nos hemos hundido en el resentimiento y la frustración. El reconocer nuestros errores nos hace ser humildes, bondadosos, cariñosos y receptivos, y estar libres de ira, resentimiento y amargura. Olvidarse de la necesidad de tener siempre razón en las discusiones y las relaciones es como decirle al ego: “No soy tu esclavo.Quiero abrazar la bondad y rechazo tu necesidad de tener razón. Aún más; voy a ofrecerle a esta persona la posibilidad de que se sienta mejor diciéndole que tiene razón y le daré las gracias por haberme encaminado hacia la verdad”.  Pero el ego es un combatiente muy resuelto: hay personas dispuestas a perderlo todo antes que dejar de tener razón. Hay relaciones bellas que acaban por esa necesidad de llevar siempre la razón. Habría que preguntarse que queremos: amar,conocer, aprender... o tener razón?
Porque la verdadera superioridad no tiene nada que ver con tener razón o ser mejor que los demás. Se trata de ser mejores de lo que éramos antes, porque no hay nadie mejor que nadie en este planeta.  Cada cual tiene su camino, y tenemos cuanto necesitamos para recorrerlo.
Además es miserable sentirse superior al ver a los demás en situaciones más precarias que la propia.(Como decía mi abuelita:mal de muchos consuelo de pendejos).  No valoremos a los demás basándonos en su aspecto, sus logros, posesiones y otros baremos impuestos por el ego. Cuando mostramos aires de superioridad, lo que te devuelven lo demas será para bajarte los humos, y eso nos lleva al resentimiento y a la hostilidad. El sentirse especial siempre nos lleva a establecer comparaciones.
Y eso produce envidia y resentimiento por una carencia interior, que nos mantiene buscando y no perdiendo de vista las carencias de los demás en vez de solucionar nuestra propia carencia,y  de alegrarnos por las cualidades de los otros.
Y es que la palabra preferida  del ego es "más". Por mucho que logremos o tengamos, el ego insistirá en que no es suficiente.Lucharemos  continuamente por acumular,pensando que necesitamos tantas cosas,pero irónicamente, entre más,menos nos llena,y el ego no nos deja ver  lo poco que necesitamos para sentirnos satisfechos y en paz. El  aferrarse a las cosas,es una idea en la que nos ha amaestrado el capitalismo por sus recursos egoístas. Consume y deshecha. Cuando analizas la necesidad del ego de tener más, comprendes que esa es una fuente de dolor. Atesorar,codiciar y acaparar además de ser injusto,es fatigoso y nos mantiene encadenados a los objetos impidiendo que nuestra conciencia fluya hacia la libertad. Así que dejemos de lado la codicia.
Otra trampa del ego,es la que nos hace creer que uno y sus logros son lo mismo. Eso es vanidad,y un ansia del reconocimiento de los otros.Y esa vanagloria en las palabras de autoelogio por los logros pasados, nos impide realizar actos presentes,pues se nos va la fuerza por la boca.
 Cuando nos apegamos a esos logros y creemos que eso es lo que somos,estamos esclavizándonos al pasado,y estamos perdiendo la libertad de ser y hacer más cosas en el presente y en el futuro. Por eso,mejor liberémonos de esa necesidad de apoyarnos en los logros pasados,y volvamos al presente.
Y por último,queda decir algo sobre la  fama y la reputación que creemos tener,no están localizadas en uno mismo, sino en la mente de los demás y, por consiguiente, no ejercemos ningún control sobre ellas. Si hablas con treinta personas, tendrás treinta famas distintas. Hay que escuchar los dictados del corazón y actuar basándondonos en lo que esa voz interior nos dice que es nuestra meta aquí. Si nos preocupamos demasiado por cómo nos van a percibir los demás, habremos permitido que nos manejen las opiniones de los demás. Así funciona el ego.
Es una ilusión que crece a medida que nuestra necesidad de reconocimiento nos reduce,y nos convence de que la verdadera meta de la vida  consiste en demostrarles a los demás nuestra superioridad y autoridad ,dedicándonos afanosa e infructuosamente a intentar obtener un  poquito de reconocimiento de los demás que nos ignoran, ávidos de una fama y un respeto que no nos damos nosotros mismos.
Esa necesidad de reconocimiento te hará frágil pues los demás son libres y cambian de opinión a su gusto y entender,y las más de las veces,tu reputación no les interesa pues están inmersos en sus propios asuntos,y por ello,a esa desesperada necesidad de fama y buena reputaciòn que el ego te dicta, responderán con indiferencia. Cuidando de tu reputación, y no de tu conciencia te hundirá en un mundo de apariencias,en donde los peores actos,si no se saben,no importan. Por ética,entonces,hay que actuar por uno mismo,  según la orientación de nuestra consciencia. Hay que mantener nuestros principios y propósitos, aunque a los demás no les agraden,aceptando la responsabilidad de lo que reside en nosotros: el carácter. Y si otros divagan sobre tu fama,eso no tiene nada que ver contigo,no les des el poder sobre tu libertad.
O como dijo mi abuelita: "   ¿Si no tienes la libertad interior,qué otra libertad quieres tener?""

Texto del Sensei