jueves, 20 de marzo de 2014

Los quejumbrosos...

"Quejarse es el
 pasatiempo de
 los incapaces..."
 Antonin Artaud











Los quejumbrosos no se dan ni un respiro: Victimismo, quejas, culpas, protestas, lamentaciones,conflictos…
La queja es su compañera fiel. Les visita cada mañana cuando suena el despertador. Aparece en todo atasco de tráfico. Les hace compañía en la cola del supermercado. Siempre atenta, acude cada vez que se da un inesperado cambio de planes. Les escolta durante  toda la jornada laboral y les asesora cada vez que oyen la palabra crisis. Y a la llegada de las facturas,los quejumbrosos elevan sus voces en un paroxismo quejica. Es monotema común de todas sus conversaciones. Se quejan de sus padres, de la pareja, de sus hijos, de su jefe, del vecino,del gobierno y de la oposición… A menudo, cuando un aparato no funciona protestan antes, durante e incluso después de arreglarlo. Es así como, poco a poco, entre todos  los quejumbrosos van construyendo y perpetuando la cultura de la queja.

Y es que los quejumbrosos hacen trampa: fans de Murphy,aseguran que  “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Y esta afirmación la aplican tanto a las situaciones banales como a las cuestiones más trascendentes,enfatizando aquellos hechos que les perjudican o que directamente no les benefician. Y esta es la razón por la que cada vez que una rebanada de pan untada con mantequilla se les cae al suelo, los quejicas recuerdan  vívidamente las veces en que se les ha caido con el lado de la mantequilla hacia el suelo. La trampa está en que se quejan cuando esto ocurre, pero no se recuerdan de cada vez que el pan se les cae del lado opuesto. O incluso de cuando ni siquiera se les cae...
Sacrifican muchas horas en el altar de la protesta y el lamento, pero...jamás se  plantean qué les aporta la queja... cuáles son los resultados que se derivan de esa actitud...y cómo influye en sus relaciones...Los quejumbrosos viven  hacia afuera de sí mismos, buscando en el exterior lo que no saben encontrar en su interior.
 En un primer momento quejarse les brinda a estos sujetos una zona de confort, un espacio que les permite evitar, aunque sea temporalmente, enfrentarse a aquello que requiere solución. Sin embargo, ese consuelo se evapora con rapidez. La satisfacción de nuestras necesidades depende de nuestra capacidad de resolver problemas, contratiempos y conflictos. Y la queja constante merma nuestras posibilidades y recursos para lograrlo.
Los quejumbrosos, apacentados en su autocompación,no comprenden que cuando se quejan no mejoran ninguna situación,mas bien contribuyen a crear más malestar,impotencia y depresión a su alrededor. Eso no significa que no se pueda compartir con los demás todas aquellas cosas con las que no se esté de acuerdo, simplemente hay que darse cuenta de que utilizar la protesta y la crítica cansina puede resultar altamente perjudicial para nuestra salud emocional y la de quienes nos rodean,y para el logro de nuestros objetivos.
.  De ahí la importancia de hacernos más conscientes de los efectos dañinos que tienen en nuestra vida,las quejas continuas y reiterativas que no llevan a nada.
Y es que para los quejumbrosos vivir instalados en la queja les resulta cómodo. En ocasiones, incluso útil para justificar sus fracasos y su mediocridad,y también para manipular a los demás. Porque cuando el quejumbroso abre la boca, busca que otros se encarguen de solucionar sus problemas. Pero eso es lo que les incapacita. Les lleva a estancarse en el problema, en vez de llevarles a construir la solución necesaria. Ponen toda su atención en lo negativo de la situación, en vez de mirar las alternativas que se abren ante ellos.
Tejen una pantalla de quejas que les inmuniza contra la responsabilidad. Así, van delegando en los demás las causas y las consecuencias de sus errores, de sus fracasos y de sus conductas cobardes. Se convierten en víctimas de su realidad. Quedan a merced de las circunstancias,ácumulando malestares y amarguras, pero sin hacer absolutamente nada para cambiar esas circunstancias, y por contra, aumentan su cosecha de quejumbre,y de algun modo todo ello les da la razón: ahora si que tienen de que quejarse en grande...
Pareciera que gozan de vivir instalados en la amargura. Pero no aspiran,comodinos, a romper la influencia negativa de esta adicción a la queja, pues tendrían  que comenzar por abrir su campo de visión y a hacerse cargo de sus actos. Ante cualquier contratiempo,en vez de hacer una autocrítica honesta, optan por buscar culpables y caer en la trampa del voctimismo. Y jamás se tomaran la molestia de transformar sus quejas, sus lamentos, y sus prejuicios en una propuesta constructiva. Los quejumbrosos no desean ver que tal vez no se puedan cambiar las circunstancias, pero sí podemos cambiar la manera de interpretarlas. Para lograrlo, se debe cambiar el patrón negativo de pensamiento que nos lleva a vivir desde nuestras carencias...


Y el primer paso para conseguirlo es valorar todo aquello que damos por sentado,pero que es una maravilla de la existencia,como la ternura de los niños,el verdor de la primavera,la conversación de un amigo,el viento fresco en un día de calor,la tibieza de la lluvia,el regusto de un chocolate,el misterio de un buen libro...En fin, que nuestra capacidad de apreciar y valorar lo que forma parte de nuestra vida es infinita, tan ilimitada como lo es nuestra imaginación.
No hay mejor antídoto contra la cultura de la queja que la cultura del agradecimiento:Aprender a vivir el misterio de la vida con asombro, dándonos cuenta de que el simple hecho de estar vivo es, en sí mismo, un regalo maravilloso, encontrar cada día cientos de detalles cotidianos por los que sentirnos profundamente agradecidos...Por eso tiene tanta importancia el arte de agradecer. De la mano del agradecimiento surge de forma natural la valoración, es decir, la capacidad de apreciar lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos en el momento presente. Lo cierto es que cuanto más valoramos nuestra existencia, más plenitud experimentamos en nuestra vida. Y cuanto más nos quejamos, más escasez padecemos. Prueba de ello es que aquello que no se valora, se pierde...