domingo, 15 de junio de 2014

Tierra ajena...

"¿Porqué se van mis hermanos? 
Nuestra tierra es muy buena, 
algunos dicen; ¿cuál tierra?, 
 no tenemos, donde quiera es ajena..."





Amanecía y llovía en Silacayoapilla, Oaxaca.Las tías querían que me fuera a aprender algo, y cuando cumplí los 14 mi mamá por fín acabó de juntar el dinero y me mandó para allá. Un camión de redilas y embarrado de lodo rojo se paró frente a mi casa. El chofer tocó el claxon como desesperado. De una de las casas de junto un hombre salió cubierto con un sarape. Desde ese lugar me miró fijamente. Yo sabía que detrás de mí estaba mi mamá esperando que me despidiera de ellos. Corrí hacia la camioneta y me trepé a ella por una de las llantas traseras. No quise volver la cara para que mi mamá no se pusiera más triste al ver mis lágrimas. Entre las redilas iban como diez muchachos más. Pasamos a Tejetitlán y ahí el chofer hizo lo mismo. Dos señores subieron. Uno de ellos preguntó: ¿ustedes también van? Nadie le contestó porque ninguno de nosotros supo para quién era la pregunta. En Acatlán, Puebla, nos empezó a calentar el amanecer.
Llegamos a México; yo nunca había estado en esa ciudad. Por primera vez vi de lejos el Estadio Azteca y los semáforos. La ciudad no se acababa, seguía y seguía, me quedé dormido un rato y cuando desperté todavía estábamos en México. Nadie hablaba, sólo señalábamos lo que más nos impresionaba: un edificio, un centro comercial, los coches.
En Tijuana es mejor no andar en la calle con mochila grande porque si no obligan a uno a decirles quién es el pollero y se arma un lío grande.
Otro hombre nos dijo que ya se acercaba la hora para salir de ahí, que si llevábamos pasaporte o alguna identificación que la destruyéramos para no llevar nada que nos acusara de ser mexicanos, que si nos agarraban no había que decir de donde veníamos, que inventáramos un lugar pero ninguno de México.
Me imaginé que llegaríamos a un lugar como se muestra en las películas mexicanas: escondido, desierto y muy lejos, pero no, llegamos a un lugar que más que otra cosa parecía una feria de pueblo pero más grande, donde vendían de todo: garnachas, picaditas, memelitas de frijol, tamales, pozole, café. Es más, vendían hasta veladoras y flores. Nunca me imaginé encontrar un lugar que se supone discreto estuviera abarrotado por cientos de puestos alumbrados con velas y antorchas. Entonces tomé confianza porque creí que todo sería muy fácil.
Nos dijeron que nosotros no podíamos cruzar por cuenta propia. Quisimos cruzar por otro lado y nada, los polleros nos detenían. Parecía que todos ya estaban avisados para actuar en contra nuestra. Esa noche decidimos pasar por dentro de un tubo de aguas pluviales. Ya íbamos llegando cuando tres tipos se nos adelantaron y se metieron por ahí antes que nosotros. Mi compañero se iba a meter pero yo le dije que se esperara un momento porque la migra podía darse cuenta si veía el montón de gente. Del otro lado de la malla unos desgraciados gringos le estaban dando una patiza a los que acababan de cruzar. Les empecé a arrojar piedras y todo lo que encontraba para que dejaran en paz a nuestros paisanos, pero al contrario, gozaban pateándolos frente al público que éramos nosotros. Terminé con la garganta desecha de tanto gritar y con las manos lastimadas; ya no me di cuenta de lo que arrojaba. Después supe que había yo llorado por aquella humillación. Nos regresamos al cuarto del hotel en que estábamos hospedados. Mucho rato estuve pensando, quién sabe que tanto pensaba,Me hice una bolita sobre la cama para desaparecer del mundo. Pinche mundo.

Al otro día, sin cruzar al lado gringo,y como ya había aprendido algo-a lanzar piedras-
 mejor me retorné a  Silacayoapilla...

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