martes, 24 de marzo de 2015

La hipocresía de la semana santa...













Lo que tiene la muerte de Jesús que nos han contado, más allá de su existencia, es que te acaba recordando cada año que aquellos que tienen buenas intenciones y levantan su voz contra el poder establecido, suelen vivir un calvario y acabar crucificados, y todo ello con el aplauso y la complacencia de aquel mismo pueblo al que pretendían librar de la tiranía con su ejemplo, para llevarlo a una vida y una sociedad mejor.

Los evangelios de Jesús lo describen como revolucionario y socialista, a su manera. Luchó contra el poder civil y religioso establecido en su época, y soñaba con una sociedad más justa, llena de hombres y mujeres fraternos, donde los seres humanos se repartiesen el pan como hermanos, y donde todos los hombres y mujeres fuesen iguales ante la ley, ante el mundo, y ante los ojos de su dios.

Se rebeló contra el poder, contra la corrupción del alma, y contra todo deseo de riqueza, y se mostró radicalmente en contra de las desigualdades sociales, y de la existencia de unas élites que se repartían entre unos pocos lo que robaban al resto del pueblo. Hay diferentes citas bíblicas que así lo atestiguan. No era comunista, pero era, según lo anterior, un hombre justo. Uno de los nuestros.

Muchos y muchas siguen soñando aún con ese mundo más justo y humano, se siguen rebelando contra el poder establecido, y siguen siendo, en consecuencia, crucificados con el aplauso cómplice de la mayoría. En eso, nada ha cambiado.

Curiosamente, la inmensa mayoría de los que hoy se dicen cristianos dejaron de soñar con ese mundo hace mucho tiempo, y suelen estar ahora precisamente entre los que aplauden y son cómplices de quienes crucifican a aquellos que apuestan y sueñan por una vida mejor y una sociedad más justa. Los que se dicen cristianos, en su mayoría, adoptan ahora el mismo papel que en su momento adoptaron quienes prefirieron salvar a Barrabás que a Jesús. Salvar a los ladrones, y condenar a los justos y decentes. Sigue siendo la norma.
Bien harían esos mismos cristianos en recordar cada semana santa el ejemplo de Jesús y aplicarse el cuento, en lugar de salir a las calles a ver como se pasean unas esculturas de aquel hombre, al que crucificaron por rebelarse contra la injusticia, y al que ahora han convertido en un becerro de oro al que adorar, pero de cuyo ejemplo nada han aprendido.

Como se suele decir, si volviera, y viera para lo que ha quedado su imagen, los sacaría otra vez a todos a latigazos. Empezando por la jerarquía católica y acabando por el último cristiano que haya hecho de sus creencias una forma de vida en base a la cual legitimar las injusticias, la represión, la intolerancia, y, cómo no, la protección de los ladrones, explotadores y otras hierbas que desde hace mucho dominan el mundo.
Eso sí, esos mismos que ahora lo adoran desde sus altares, o lo nombran en la santificación de sus banquetes, esos mismos que lo invocan para salvar la moral de occidente, o para guardar las esencias de la familia y la sexualidad humana, esos mismos que lo aluden cuando recorren cientos de kilómetros en peregrinaje a alguno de sus templos, volverían otra vez a querer crucificarlo, por insurrecto.

No duraba un mes antes de estar en un campo de concentración, una cárcel de máxima seguridad o un Guantánamo de turno. Y por supuesto con la prensa "libre" habiéndolo convertido en el mismísimo Diablo. ¿Alguien lo duda? Ejemplos tenemos a cientos. De verdaderos cristianos, verdaderos continuadores de la vida y obra de Jesús, incluso siendo ateos. De hombres justos que se rebelaron contra el poder y creyeron en un mundo más justo, por lo cual acabaron siendo crucificados con el aplauso y el respaldo cómplice de la mayoría.  Esa es la hipocresía de Semana Santa.
Una historia que seguimos viviendo cual eterno retorno de lo mismo, que diría precisamente aquel que proclamó, y se equivocó, que Dios había muerto,porque no conocía el consumismo...

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