martes, 17 de marzo de 2015

Los creyentes...









Desde un punto de vista psicológico no hay seguridad de que haya uno o muchos dioses todopoderosos y originadores de todo lo existente. Suponiendo que si los haya, lógicamente no serían como los conocidos o pregonados hasta ahora, es decir, dioses muy humanos o súper-humanos. De hecho no tenemos ninguna prueba racional convincente de su existencia.  Sin embargo, es común que la gente crea que existen esos dioses por una necesidad existencial aunada a la tradición imperante de la sociedad en la que se ha desarrollado.
Pasa que la mayoría de las personas quieren que sus dificultades y problemas cotidianos,o los graves y extraordinarios -como el peligro de morir por alguna enfermedad seria‑ sean solucionados o que tengan buen término. Y muchas veces tales circunstancias pueden ser afrontadas más facilmente de manera religiosa, es decir, invocando ayuda de lo alto, rezando a dios, pidiéndole ayuda,delegando en el abstracto divino su angustiosa libertad exitencial. Y es que todos quisieramos retornar a esa etapa infantil cuando nuestros padres nos protegías de todo y solucionaban todas nuestras necesidades como por arte de magia.... Y es esa magia lo que los más fervientes extrañan,y por eso serenan sus miedos adultos arropándose como niños en su fervor religioso.






Empero no todos solicitan socorro divino en las mismas circunstan­cias. Eso depende de su grado de autonomía, autoafirmación, autoconfianza y autosuficiencia. Imaginemos, por ejemplo, a un niño pedir a dios que le ayude a aprobar un examen. De hecho habrán otros que no necesitarán hacer eso pues han estudiado lo suficiente. En cambio muchos adultos rogarán que la divinidad les conceda el milagro de sanar a un pariente o a ellos mismos. En ambos casos se apela a fuerzas trascen­dentes y divinas, no humanas ni naturales. Simplemente se reza o repite una serie de frases, se habla a dios (O a una pintura, escultura o icono religioso que lo represente o a seres inrermediarios como ángeles o santos).
Algo muy parecido sucede con las personas que llevan una crucifijo o un rosario, una moneda de la suerte, una determinada piedra ‑como el cuarzo‑, una pulsera metálica, cierto color de ropa, una sábila detrás de la puerta de la casa, o que hacen ciertos gestos, ademanes y acciones como persignarse al pasar por un templo o al reti­rarse de sus casas e ir al trabajo y viceversa, el cruzar los dedos índice y medio, el tocar madera, el no pasar debajo de las escaleras, el evitar a toda costa no romper espejos ni cru­zarse con un gato negro, el dar alguna limosna, etc.







Y es que todos queremos que nos vaya bien y es muy fácil recurrir al pensamiento mágico de nuestra niñez para evitar el mal con la ayuda de ciertos objetos, y realizando ciertas acciones,y en ese infantilismo algunos sumponen que obtendrán alguna protección de naturaleza misteriosa.
El creyente religioso, sea o no católico, se puede ofender por las comparacio­nes. Podría decir: "Son símbolos sagrados de mi religión y no superstición". Pero resulta que esos objetos religiosos tienen los mismos fines,ya que al llevarlos encima, intervienen de una forma misterio­sa como protección y ayuda, y así cumplen las mismas funciones que los objetos nominalmente catalogados como superstición.
Entonces vemos que la religión en el sentido mencionado está muy íntimamente ligada a lo mágico en cuanto a que se apelan a fuerzas misteriosas solucionadoras de nuestros problemas humanos y terrenos.
Pero también la religión puede ser vista y sentida como un medio para evadir la responsabilidad de  nuestra cotidiana existencia, esto es, como un delegar nuestra libertad para seguir la guía moral que nos imponga el lider religioso o el código conductual del rito. Esto es, el creyente se olvida paradójica y temporalmente que es un ser mortal, con sus propios egoísmos, pasiones y deseos,y que está solo ante sus actos y su historia...



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