sábado, 1 de agosto de 2015

Inconsciencia...






No irnos así,
hablando la lengua de los ricos,
con un décimo de lotería en los bolsillos,
saludando a los corredores de bolsa y a los curas,
acumulando chatarra,
llenos de todo,
pidiendo orden
y que se respete, en huelga,
 nuestro derecho al trabajo.
Despreciables, indignos,
brutos con la fecha de caducidad
inscrita en el entrecejo.

No se trata de mentirnos sino de desobedecer,
poder decir que hemos vivido para algo
más allá de para tener contentos a los patrones.


Contra el parabrisas
calles adornadas con nombres de asesinos,
mendigos,
incómodos manifestantes de Samsung
que los miran por el rabillo del ojo
y siguen su marcha
no como obreros despedidos
sino como niños que se han perdido de sus padres.

Una empresa de trabajo temporal,
 y al lado otra, y otra, y otra,
todas muy juntas, todas
 habitando el centro de la ciudad,
levantadas del suelo a los primeros pisos
por recomendación gubernamental.

Ministros, consejeros, delegados, directores,
maestros, aprendices, escolares,
por encima del conocimiento: obediencia,
por encima de la justicia: compadreo.

Pisos, bloques, polígonos, zonas industriales.
Autopistas, carreteras, caminos, sendas.
Granjas, aldeas, pueblos, ciudades.

Por encima de los kilómetros, muros.
Por encima de los lugares, soledad.

Extremadura, España, Eslovaquia, Europa.
Una, dos, tres, cuatro, cinco,
seis velocidades para dejar atrás
 la pobreza y los incendios,
el sur, el deshielo, el relente,
la tierra devastada, la amnesia, la culpa
y solo al final, muy al final,

algo de viento, algo de lluvia
contra el parabrisas.


Y en la hoguera del mundo
nos lavamos las manos con gasolina,
después, para que se nos calienten,
las acercamos al fuego...

Antonio Orihuela 

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