lunes, 14 de noviembre de 2016

Means: el Malcom X de los lakotas...


Todas las políticas de exterminio que se están practicando hoy con los palestinos fueron ya ensayadas mucho antes con los indios”, aseguraba a las puertas de la muerte el líder libertario sioux Russell Means.
El actor amerindio que en su día encarnara al jefe Chingachgook en El último mohicano murió en octubre de 2012 de un cáncer de esófago dejando tras de sí un legado activista que inevitablemente invita a describirlo como el Malcolm X de los lakotas. Al igual que el líder afroamericano, Means fue durante muchos años el azote de los “tío Tom” de las reservas, los consejos tribales a los que mil veces acusó de “vichys de pacotilla” y de “marionetas colaboracionistas del Gobierno”.

“Le comparaban con Malcolm frecuentemente y a él le parecía un honor”, nos decía su viuda esta semana mientras nos sugería conocer a algunas de las viejas camaradas de su difunto esposo. Pearl Means fue la quinta de sus mujeres. Permanecieron juntos quince años, desde que unieron sus destinos hasta el mismo día de su muerte. En cierto modo, hoy Pearl se ha convertido en la principal valedora de la memoria de este controvertido y carismático activista, tan a menudo denostado por algunos de los suyos como amado. Quienes admiran y valoran su legado comparan su espíritu irredento con el de los míticos jefes sioux Toro Sentado y Caballo Loco. Pagó su rebeldía con la cárcel y a punto estuvo de morir como consecuencia de un disparo de los agentes del gobierno.

En 1973, Russell tomó parte en la ocupación de Wounded Knee, una aldea situada junto al mítico arroyo donde un destacamento del Séptimo de Caballería asesinó salvajemente hace algo más de un siglo a cerca de doscientos indios. Niños, viejos, mujeres inermes... Todos fueron pasados por las armas. Los concentraron mediante ardides y engaños en lo que hoy es la reserva de Pine Ridge y los fundieron, literalmente, con cuatro cañones Hotchkiss. Quedaron tan desfigurados por las balas que en las viejas fotos sepia de las partidas de enterramiento apenas se distinguirían sus cadáveres, de no ser por las prendas de bisonte con las que todavía se vestían a finales del siglo XIX.

Y es que a los lakotas no les perdonaron nunca que derrotaran a Custer. Ninguno de los western clásicos donde los norteamericanos mixtificaron la conquista del oeste menciona siquiera de pasada este vil acto de traición. Los veinte militares que más indios abatieron recibieron por sus méritos la medalla de honor. La habilidad y los recursos de los estadounidenses para revestir de una pátina heróica y épica las brutalidades sobre las que se sostiene la creación de su nación no tiene parangón en toda la historia contemporánea de Occidente.

¿A quién representaba Russell Means y quiénes eran estos indios burdamente parodiados en los western cuya sangre tiñó el arroyo de Wounded Knee? Los lakota son un pueblo de la tribu sioux que originalmente habitaba en las márgenes del río Misuri. El empuje de los europeos los obligó a abandonar sus formas semisedentarias de vida y los forzó a tornarse nómadas y a ocupar de forma sucesiva los territorios situados en los estados de Minnesota, Dakota del norte y del sur, Nebraska y Wyoming. La llegada del caballo a América y de las armas de fuego les ayudó a perfeccionar las técnicas para cazar bisontes. Probablemente, fue la única aportación indirectamente debida a los españoles que de algún modo agradecieron.

A medida que los colonos fueron avanzando hacia el oeste, los antepasados de Russell fueron empujados y concentrados en áreas cada vez más reducidas, por la fuerza militar y en virtud de tratados sistemáticamente incumplidos por el Gobierno de Washington hasta el mismo día de hoy. El exterminio de los bisontes, el alcohol, las enfermedades y el Séptimo de Caballería hicieron el resto. Sioux era Toro Sentado y sioux era también el jefe indio que derrotó y mató al general Custer y a 210 de sus hombres en la batalla de Little Big Horn, (1876). Jamás rindieron su libertad sin plantarle cara al enemigo.

Incluso hoy siguen siendo el paradigma de los nativos irredentos, los más críticos y combativos de entre todas las tribus de amerindios, además de los más pobres. Pese al exterminio programado y sistemático de su cultura y de su pueblo, pese a que han sido diezmados y convertidos en un triste reflejo de lo que fueron, no se ha apagado por completo su espíritu rebeldey son varias las facciones que defienden su soberanía y tratan de plantarle cara a la pobreza. Viven, por decirlo de algún modo, en permanente estado de rabia y de insurrección.

Al decir de sus líderes, ambas cuestiones -miseria y usurpación de sus derechos- se hallan indisolublemente unidas. “La primera es consecuencia de la segunda y no hay forma de luchar contra ella sin combatir al mismo tiempo el proceso de colonización al que los lakotas siguen todavía sometidos”, coinciden en señalar los representantes del Movimiento Indio Americano (IAM, de acuerdo a sus siglas originales inglesas) y de la República de Lakota. Sus reservas se asemejan a enormes campos de concentración a cielo abierto. “En nada se diferencia nuestra sociedad a la del apartheid surafricano”, aseguran sus líderes.

Según nos dice Pearl, unir sus voces a las de los palestinos o comparar la situación de ambos era simplemente inevitable. “Russell tenía muy claro que la lucha de los lakotas era un episodio de la historia que se había repetido muchas veces, en diferentes contextos y con diferentes víctimas”, asegura su viuda. “Por eso solía referirse a ellos como los indios de Oriente Medio”.

En el transcurso de los últimos años, han sido varias las delegaciones de nativos que han viajado a Israel y a Palestina para fortalecer los vínculos y crear fórmulas de apoyo recíproco. Claro que no todos lo han hecho del lado de los árabes. A principios de esta década, un grupo de navajos suscribió varios acuerdos con el Gobierno de Israel para poner en marcha programas de colaboración en materia agrícola. Estos navajos “colaboracionistas” fueron duramente criticados por los líderes indigenistas cercanos a las posturas de la República de Lakota. En su opinión, “trabajar con los sionistas equivalía a tender la mano al enemigo”.

Al igual que Malcolm X, y salvando las distancias, Means y sus camaradas invirtieron buena parte de su energía activista en combatir a los representantes de algunos consejos tribales especialmente dóciles con la Administración norteamericana. “Russell solía decir que no tenemos líderes, sino gestores de programas y meros transmisores de las políticas opresoras de los Estados Unidos”, nos dice Pearl. Si algo tenía claro Means desde que comenzó su lucha era la necesidad de estrechar las relaciones con otros pueblos oprimidos. Sólo su enfermedad llegó a impedir que se reuniera en 2011 con el presidente boliviano Evo Morales, lo que hubiera sido un hito histórico. En cualquier caso, los lakotas no han renunciado a celebrar este encuentro y menos todavía, a seguir recabando el apoyo de otras naciones subyugadas.


Los vínculos con los palestinos -oficiales y oficiosos- creados por Means y sus colegas se han mantenido vivos hasta el mismo día de hoy. Hace sólo unas semanas, los cineastas Malek Rassamy y Matt Peterson presentaron en Oriente Medio un cortometraje donde se enumeraban las sorprendentes similitudes de las tragedias a las que han hecho frente tanto lakotas como palestinos. Tal y como decía Rassamny ataviado con el tradicional kefiya de su Beirut natal, “unos y otros comparten una historia similar de ocupación y colonialismo. Por eso han vuelto a unir sus voces para pedir justicia al mundo”.

El caso de los lakota es incluso más trágico -si es que eso es posible-, habida cuenta de que se hallan casi al borde de la extinción. Quedan 70.000, la mitad de los cuales viven dentro o en las proximidades de once reservas norteamericanas y ocho comunidades canadienses. Las mayores y más conocidas -Standing Rock y Pine Ridge- son, a todos los efectos, un pedazo de paupérrimo Tercer Mundo en el corazón del país más poderoso del planeta. Su renta per cápita es inferior a la de algunos misérrimos estados africanos. Sienten la misma veneración por Colón y la conquista que los judíos por Hitler...


Aporte de Ferrán Barber


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